Villegas: la oportunidad que genera una crísis

Nota de Opinión: Mario Gabriel Madrid. Contador Público Nacional, Periodista. Fue director de LU 91 TV Canal 12 de Trenque Lauquen. Vive en Florentino Ameghino. «Justificar la inundación hablando de la cantidad de lluvia caída en poco tiempo es como intentar explicar que el atleta abandonó la maratón porque había corrido mucho», escribe entre otras cosas en esta columna que también se publicó en el diario El Día de la ciudad de La Plata

 

Inundaciones
Inundaciones

Alieto Guadagni, aquel ministro inquieto y perspicaz que recibiera la cartera de Obras Públicas durante la gobernación del peronista Antonio Cafiero, tenía una variedad de consignas para ejecutar en el territorio bonaerense. Una especialmente lo atormentaba: el exceso hídrico en el complejo de lagunas que abarcaban el oeste provincial que -con más imaginación que presupuesto- quería desafiar a la contradictoria naturaleza del terreno: lograr una cuenca abierta con salida al mar utilizando el cauce de uno de los ríos de mayor caudal en la pampa chata.

El Rio Salado aquel que nace en Junín y avanza hasta desaguar en la Bahía de Samborombón, un verdadero alivio más allá de los trastornos que pueda dejar en su ondulante recorrido para lograr esa desembocadura.

Un acierto, las primeras canalizaciones dieron tranquilidad a Trenque Lauquen y a Pehuajó hasta alcanzar la laguna de Bragado.

Al mismo tiempo, en el noroeste provincial, un cauce hídrico no lograba la misma suerte. Los excesos del Río Quinto que nace en los faldeos de las sierras de San Luis se empeñaban en avanzar hacia el sur cordobés y desplegarse por los límites de Buenos Aires y Santa Fe contradiciendo la misma ley natural que generaba la inspiración de Guadagni: la cuenca abierta que desagua en un afluente marítimo.

Hablamos de finales de la década del 80 cuando se dibuja en los planos del ministerio una obra monumental, quizás una de la más formidables que por su envergadura pueda plantearse en la llanura provincial: la denominada «Cañada Las Horquetas» que desde la frontera provincial recogiera el desvío del indeseable Río Quinto y lo llevara hasta el Salado para seguir aquel rumbo ya señalado.

UNA ETAPA CONCLUIDA

La trama incluía un canal madre y varios zanjones secundarios que aportan el agua a él. Esa obra fue parcialmente ejecutada y puesta en funcionamiento en buen término. Atraviesa el distrito de Florentino Ameghino, luego General Pinto y Leandro N. Alem llevando su cauce al nacimiento del Salado.

Esta primavera lluviosa nos sorprende con una inundación en la zona de General Villegas, Rivadavia, parte de Córdoba (Laboulaye, Jovita, Buchardo) y azota la suela de Santa Fe (Rufino, La Picasa, Diego de Alvear) que avanza de un campo a otro sin rumbo, con un efecto boomerang, destruye caminos, barre con las parcelas sembradas, traslada a los rodeos bovinos hasta que encuentren las lomas, y las consecuencias sociales que vivimos en carne propia.

Sufrimiento, dolor y el llanto de las familias que ven como el agua quita los bienes, el trabajo, la vivienda y destruye los sueños a miles de corazones ilusionados.

La incipiente gobernación de María Eugenia Vidal enfrenta un desafío inesperado. Ella lo percibe, aunque sus funcionarios demoran la reacción.

Reuniones con intendentes, sobrevuelo de las zonas afectadas, declaraciones de emergencia agropecuaria, no mucho más. Insuficiente.

La decisión debe ser clara y contundente. La producción agroindustrial dañada, miles de hectáreas improductivas, familias y ciudades a punto de estallar en llantos, deberían remarcarse con mayúsculas en la agenda, aún abultada, de la gobernadora Vidal.

Del mismo modo, funcionarios aletargados pueden desempolvar los planos en el vetusto ministerio de Obras Públicas que planificara aquel indispensable complejo de infraestructura “Las Horquetas”.

Al mismo tiempo, reunir en la mesa a los gobernadores Juan Schiaretti con el sur cordobés en similares circunstancias y el pié de la bota santafesina con la gestión de Miguel Lifschitz en igual catástrofe.

Ahí el gobierno nacional -junto a la variedad de color político que representan las tres provincias- puede tener la oportunidad de vencer aquel prejuicio que se exaltó en la gestión anterior: el poder de la chequera para someter la conciencia del que señalaba en rebeldía.

En ese trípode de la gestión política, con la provisión de recursos del presupuesto nacional, más de un millón de hectáreas de tierra fértil -hoy en estado crítico- quizás no puedan ya vislumbrarse en un paraíso aunque sí alejarse de una realidad desfavorable que los acucia.

Justificar la inundación hablando de la cantidad de lluvia caída en poco tiempo es como intentar explicar que el atleta abandonó la maratón porque había corrido mucho.

Frente a la lógica no debe existir la consecuencia. Donde hay una necesidad social -suele decirse con razón- se establece un derecho. Ese dolor en la zona de General Villegas tiene rostro humano.